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Un hotel. 20, 60, 200 habitaciones.
Unos pasillos solitarios.
Una sucesión de números. Unas habitaciones idénticas las unas a las otras.
Unas puertas que se cierran o se abren.
El ruido de los pasos amortiguado por las alfombras.
Un murmullo de voces.
Una sensación de soledad.
Como si no hubiese nada ni nadie.
Y entonces, imagino cada una de las historias que se esconden detrás de las puertas.
Por naturaleza soy curiosa y sumamente observadora. Incluso diría que a veces me gusta hacer de voyeur. Mirar por las ventanas de las casas, curiosear las conversaciones de la gente, imaginar a través de su lenguaje corporal que sienten, lo que les une o les desune a los demás…. Una curiosidad que me lleva a imaginar sus vidas.
Esta curiosidad siempre viaja conmigo y se hace más latente en determinados lugares. Y sin duda alguna, los hoteles, y sobre todo sus pasillos, son uno de mis espacios favoritos. Me encanta esa sensación de soledad. De vacío. De lugar impersonal. Donde nada ocurre y sin embargo, si pudiese mirar a través de la cerradura de la habitación nº 704 podría descubrir que detrás de esa puerta hay toda una vida.
En la mayoría de las ocasiones serán situaciones de lo más cotidianas, carentes de todo interés y aburridas. Pero si uno es paciente, seguro que descubre, aunque dure un instante fugaz, algo que hará que su corazón palpite más rápido.
Y eso quiero que ocurra cuando el espectador mire mis fotos. Que sienta que ese instante captado y vivido sea suyo. Que haga una lectura subjetiva de lo que está viendo. Que su estado de ánimo, su forma de pensar y ver las cosas, le haga imaginarse su propia historia; como si fuese él, el que estuviese mirando a través de la puerta.
Porque al fin y al cabo, mis fotos son como una cerradura, en la que no sólo hablo de los demás, sino que a través de los demás hablo de mí.
Y es aquí y así como el espectador podrá conocerme.
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