Echando una vista atrás, descubrimos una necesidad constante de revisitación de lugares del alma. Aquellos que dominan los elementos intangibles, que da igual si existen en la realidad o no, si cambian o si permanecen. Aquellos que siempre serán únicos para nosotros, con lo que nos encontramos en la intimidad, que quizá nunca nombremos para no romper su magia al intentar poseerlos o contarlos a oídos ajenos. Son esos horizontes que contemplamos a través de la grieta del espíritu.
La percepción, el tiempo, el recuerdo, son los que convierten un segundo habitual en un segundo inolvidable, en un eterno instante.
Su pintura esta intentando atrapar esos lugares, esos instantes, esos recuerdos entre pigmentos y manchas. Estos lienzos viven en ese espacio pictórico que aunque quizá miro a la figuración ya es para el una desconocida, se convierte solo en una excusa o una sombra en el resultado final. Son composiciones de macro y micro mundos, que pierden la capacidad de ser reconocidos o reconocibles para convertirse en reflejos de si mismo.
Los paisajes en los que nos invita a pasear, no deben ser nombrados, no buscan ser reconocidos por nuestro intelecto. Los ocres de su lienzo generan cicatrices y surcos en la composición, cada una de ellas es como la marca del recuerdo.
La gama cromática de la artista es una de sus señales de identidad: los ocres y tierras como matrices generadoras, combinados con potentes azules y negros, ahora también abre las puertas a las sensaciones de un rojo frío, nocturno.
Todos los lugares de estos lienzos son anónimos, menos un caso Patquia, un lugar donde sentimos el calor, la aridez, la dureza y el reto. Aunque el resto de los lienzos no tengan un nombre concreto, no por ello son menos intensos. Sentimos el aire entre las alas del pájaro o el agua que fluye, el frío de la noche contrarestado con la presencia calida de las luces de la ciudad, los segundos se detienen y habitan los sueños: Lugares sin nombre. Escenarios para el alma.
Lidia Buente
Lugares Sin Nombre. Escenarios Del Alma